ALONSO DE MONROY
CCXXIII
XII
Cáceres
Segunda
Mitad siglo XV
Año
de 1470
Clavero
y Maestre de la Orden de Alcántara
Crónica
de Alonso Maldonado 1494
Año
de 1474
En
el capítulo anterior dejábamos al Maestre Alonso de Monroy con su hueste, la
puerta de la villa de Alegrete, esperando que los suyos que habían escalado los
muros de la fortaleza abrieran por donde él estaba, todos estos eran
caballeros. mucho esforzados y diestros en la guerra.
Crónica
desde la Ronda de la Pizarra.
El Maestre y los suyos estaban apretados junto
a la puerta, esperando que en abriendo se lanzasen dentro, estos caballeros
subieron por las escalas muy animosamente, y los cien escuderos tras ellos, y
no hubieron puesto los pies en ella, cuando las velas los sintieron y
comenzaron a dar voces, a las armas, a las armas, que a la villa se entran:
“El
ruido fue muy grande, porque la gente de la villa era mucha, y en un punto
fueron armados y salieron a pelear y como hallasen a los del Maestre en las
escalas que bajaban de la cerca a la puerta, viendo que eran pocos comenzaron a
pelear con ellos muy reciamente. Rodrigo de Monroy, y Luis de Herrera, y los
otros del Maestre, bajaron por la escalera por fuerza de armas arrojadizas y
con ballestas, Los del Maestre no podían llegar a la puerta, porque este pasaje
defendían los de la villa con gran cuidado por la gente que sentían de fuera de
la villa a la puerta.
El Maestre, Alonso de Monroy, como oía la gran
pelea que los suyos traían con los de la villa, y el ruido tan grande, y las
voces que dentro habia, que parecía que peleaban diez mil hombres contra los
suyos, y que no le abrían la puerta de la villa como él les había mandado, que el Maestre tuviese el ánimo tan lleno de
audacia, dijo a los suyos que no era cosa de sufrir que delante de sus ojos
viese matar a los suyos sin que les tuviese compañía, así en la muerte como en
la vida, y dicho esto,
subió
por la escala, él el primero, su adarga embrazada, y su lanza en la mano, y por
presto que subió, ya los de la villa habían acudido para aquella parte, así
para defender a los de fuera que no llegasen a la puerta, como para echar
piedras por allí a los que estaban abajo, peleando arrimados a la muralla,
sucedió que, fueron sobre él mucha gente, y le comenzaron a herir por todas
partes, por la una parte de la muralla y por la otra.
El Maestre don Alonso, como hombre no
espantado de aquellas cosas, comenzó a darles con el hierro de la lanza,
Hernando de Monroy, el señor de Monroy “El Bezudo” que con otra lanza estaba,
no hacía sino derrocar hombres del adarve abajo, y como quiera que al maestre
Don Alonso de Monroy le durase poco la lanza de la prisa que le daban, porque
por aquella parte habia cargado mucha gente, echó mano a su espada, y la adarga
echó del brazo hecha pedazos. En todo este tiempo los suyos no hacían sino
subir al adarve, y puesto que el Maestre tenía tres heridas, y sin adarga ni
lanza, y sus armas abolladas de los muchos golpes que habia recibido, así y
todo no dejó de ir por el adarve adelante en socorro de los suyos, y bajando
por el escalera del adarve topaba con algunos de los suyos muertos y les daba
del pie, que los echaba a bajo, porque los suyos que venían detrás no viesen el
daño hecho, más como el Maestre diese un puntillazo a un escudero suyo de los
buenos de su mesnada pensando que estaba muerto, que se llamaba Pedro de
Palazuelos, el cual tenía una gran tacha, que en viéndose herido luego
desmallaba sin poder obrar más, pero hasta que les herían, ninguno reculaba en
la pelea, y era muy bien dispuesto, el Maestre don Alonso, como topó en él y
vio que estaba vivo, dijole que no era tiempo de desmayos, por eso que se
levantase, que él estaba allí con él, finalmente, con increíble animo bajaron
abajo, y el Maestre hirió a dos de los suyos de una ferocidad de ánimo
grandísimo, como persona que la propia luz de la honra tenía puesta en la
defensa de sus manos.
La
mesnada del Maestre don Alonso comienzan a matar entre los portugueses de tal
manera, que cuando el sol salía, la mayor parte de ellos eran muertos por las
manos de los del Maestre.
Hubo
algunos prisioneros, el saco fue muy rico, porque había en la villa muchos
judíos ricos, El capitán portugués y la
gente de guerra que allí estaba toda fue muerta, como otras de la comarca que
se habían acogido allí como lugar fuerte. Esta prueba hizo el Maestre con tanto
ánimo, que estaban los suyos tan esforzados que más no podía ser, Luego, como
lo supieron los de la comarca, que tan pocos castellanos hubiesen hecho una
cosa tan atrevida como entrarles en su mismo reino, se juntaron de la misma
comarca otros capitanes, que serían por todos hasta quinientos de a caballo y
dos mil peones, para vengarse de tan grande injuria, y vinieronse para Alegrete, toda esta gente era venida de Olivenza,
porque allí se habían juntado para venir a cercar á Alegrete.
Enterado
de todo esto por el Maestre, que no estaba nada dormido, antes tenía espías de
los mismos de la tierra, salió luego al campo con trescientos de a caballo y
doscientos peones, todos llevaban mochila para cuatro días para ellos y sus
caballos, Rodrigo de Monroy quedó en Alegrete con cien lanzas y cien peones.
El Maestre caminó toda aquella noche y otro
día, teniendo parecer que mientras más lejos les diese la batalla, más ligeros
serian de vencer porque habría menos gente junta entre ellos, porque si
esperase que estos se juntasen, le podrían cercar y que no tenía quien le
socorriese.
Sucedió
como los portugueses saliesen de Olivenza puestos en dos batallas, y viniesen
por el camino derecho que va a Alegrete y llegasen á un mojón que divide el
termino de Olivenza, y que llamaban el mojón de Guadapero, allí esperaron los
portugueses con muchos tambores y gaitas y otros instrumentos, los de a caballo
traían sus trompetas.
El Maestre llegó a vista de ellos dos días
después que partió de Alegrete en saliendo el sol, y era aquel día de San Juan
de junio, el Maestre, don Alonso, como los vio, ordenó su gente para pelear y
mandó tocar sus trompetas, y fuese para ellos paso a paso hasta llegar al
espacio de tierra de poder hacer su arremetida.
Hernando de Monroy, señor de Monroy llevaba la
delantera, y el mismo Maestre tambien con los guerreros más escogidos, que no
quiso acompañar su estandarte porque le pareció tener necesidad aquel día de
obrar bien, y a esta sazón los portugueses hicieron una flaqueza por demostrar
la poca experiencia en las cosas de la guerra que tenían, porque se mudaron de
un llano adonde estaban ordenados para pelear, y se subieron para un cerro bien
desordenados, que parecía que querían más buscar defensa que no pelear, y aun
en el camino se iban dando unas lanzas con otras, era el ruido muy grande, los
guerreros del Maestre viendo esto, se fueron para ellos y lo tuvieron por muy
bueno, por el miedo que llevaban los que las traían en las manos, comenzaron a
dar voces diciendo:
“victoria,
victoria”
,y
con este cantar hacen su arremetida contra los portugueses, ellos los reciben
de buen corazón, y da comienzo entre ellos una pelea muy brava y esquiva, Los
del Maestre don Alonso, les parecía pelear con gente que habia mostrado miedo,
y este pensamiento les hacía pelear más que sus fuerzas bastaban. Los
portugueses de la otra parte, como se veían tres veces más que los castellanos,
y la ventaja que les tenían en la fortaleza del sitio, les parecía la batalla
no en lugar igual, mas muy aventajado para los portugueses, porque se hacía en
mitad de la ladera, que era harto llana para el sitio, todos peleaban muy
esforzadamente, traía el Maestre ochenta escopeteros a caballo, estos hacían
mucho daño en los contrarios, que como la obra era nueva les puso en mucho
temor, en especial a la gente de caballo portuguesa que era la mejor.
Y
viendo los del Maestre que los portugueses aflojaban en la pelea, dieron tan de
recio en ellos que los hicieron volver las espaldas, los del Maestre iban
matando en ellos muy crudamente, siguieron el alcance hasta cerca de Olivenza,
fueron muertos cerca de dos mil.
Esta
victoria ganada puso gran miedo en toda la tierra y traían por refrán:
“Guárdate
del ciego que trae hombres de hierro y truenos a caballo.”
Tras
de esta victoria ganada, el maestre Don Alonso de Monroy se volvió a Alegrete,
y de camino se detuvo un lugar pequeño y robó mucho trigo y ganados, y todo lo
trajo á Alegrete.
Sabido
esto por el rey de Portugal, envió luego contra el Maestre mil de á caballo y
cinco mil hombres de a pie, mandándoles que, lo cercasen y que él sería luego
con ellos, con estos venían muchos capitanes, y Llegada esta gente a Alegrete,
luego la cercaron, los del Maestre salían cada día a pelear con ellos a
manadas, y los unos a los otros se hacían engaños que parecían latrocinios de
diversas maneras y robos que acaso se ofrecían.
Los del Maestre continuamente iban de día y de
noche, sin darles ningún reposo, visto esto por los portugueses, que sus
varones no eran varones fuertes, quisieron cesar las peleas y ponerse en
guarnición en lugares más lejanos por escusar el daño, y pusieron muchas
diligencias en defenderles las cabalgadas por tomadlos por hambre, o al menos
más flacos después para las peleas, si por intervalo de tiempo viniesen a
combatir con ellos.
* Maestre de la Orden de Alcántara don
Alonso de Monroy, estuvo en Alegrete dos años guerreando siempre con
portugueses, en el cual tiempo hubo muchas peleas y hechos de armas y robos que
sería imposible resumir, baste que en tres meses que allí estuve lo que vi
contaré, porque el Maestre me envió a Montánchez con cierta embajada al
comendador Puertocarrero.
Esta
es la crónica que cuenta don Alonso de Maldonado, amigo, unos de los capitanes
de su hueste, y biógrafo de don Alonso de Monroy*
Pues
estando las cosas en el término que he dicho, y la guerra muy encendida entre
ellos, el capitán Luis de Herrera salió una noche con ciento y cincuenta de a
caballo para hacer algún abastecimiento, y hubo tan buena dicha que hurtó una
muy gran cabalgada de vacas y ovejas y cabras, y como fuesen tras él más de
seiscientos hombres, alcanzárosle, Luis de Herrera se ordenó para pelear con
ellos, porque era caballero muy avisado para este menester, y como llegase a
ellos, le demandaron treguas de todas partes.
Luis
de Herrera dijo que le placía, y dio un guante en señal con condición que el
ganado que no fuese de ellos, él lo pudiese llevar a Alegrete, en esto los
portugueses no se convinieron, antes tuvieron unos con otra gran porfía, que
unos querían por escusar la pelea no llevar más de su ganado, pero los más
decían que no habían de dejar una cabra en el campo, sino que todo lo habían de
llevar a sus dueños.
Luis de Herrera, como vio los portugueses más
metidos en sus porfías que en pensar en la pelea, y que al cabo se habían de
concertar por ser muchos más que los suyos en pelear, porque le iba mucho en
llevar la cabalgada, que no habia que comer, acordó, como hombre sabio en la
guerra, de tomarlos descuidados, y al mejor hablar que estaban, Luis de Herrera
hizo del ojo a los suyos y arremetió contra los portugueses tan bravamente que
los desbarató, y de esta manera los arrollaron con los caballos, que mataron
cerca de doscientos de ellos, y no quisieron seguir el alcance sino poco,
porque les pareció que Dios les había hecho merced en poder llevar la cabalgada
pacíficamente. Hizo saber todo lo que pasaba al maestre Don Alonso de Monroy,
el cual salió luego con mucha alegría su gente ordenada, y así se metió toda la
cabalgada en Alegrete.
Los portugueses traían después por refrán:
“Fiaos del guante de Luis de Herrera, hi de
puta y qué castellano.”
En
estos tiempos como la Duquesa de Plasencia y la Condesa de Medellín siguiesen
la parte del Rey de Portugal, tuvieron voluntad de tornar a tomar a Trujillo, y
tambien porque supieron al Maestre estar mucho ocupado en la guerra de los
portugueses, y luego vinieron a Trujillo con mil y doscientas lanzas, Luis de Chaves defendió la ciudad cuanto
pudo, como muy buen caballero, porque era a quien el Maestre la habia dejado
encomendada para que la tuviese por los Reyes Catolicos, pero al fin no le
aprovechó nada. Los capitanes de la Duquesa y de la Condesa entraron y tornaron
la ciudad, y Luis de Chaves se retrajo á su casa con sus deudos y de allí fue
cercado y combatido mucho.
(Fuente
Alonso de Maldonado-Hechos 1994)
Agustin
Díaz Fernández


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