LINAJE OVANDO
CCXXXI
Cáceres
Crónica desde la Ronda de la Pizarra
Vicente Mariano de Ovando Solís y
Pereiro
Fue el tercero y último Marques de
Ovando, gentilhombre de Cámara de monarca Felipe VII “el Felón” con ejercicio
en 1824, fue regidor en varias ocasiones de la cacerense, de significado
político como realista, enemigo de los liberales, a la muerte de Fernando VII,
abrazo la causa del Infante Carlos, llegando a compartir con los demás
cortesanos absolutistas, los vaivenes de la ambulante Corte Carlista.
Cuando los ejércitos liberales
afirmaron la corona en la cabeza de Isabel II, el de Ovando emigró a Italia,
estableciéndose en Turín, ciudad donde falleció en 1862 sin sucesión, legando
toda la parte de sus bienes de que podía disponer, a los padres Misioneros de
la Preciosa Sangre, Orden fundado por el beato Gaspar del Búfalo, con la
obligación de establecer una casa residencia en su palacio de Cáceres, este es
el antiguo solar de la familia Solís, más conocido como la Casa del Sol, como
en efecto hicieron y donde reside la comunidad desde el año de 1899.ç
Casa del
Sol-Siglo XV
Los títulos y honores que recibieron
esta familia, pueden inducir al error o confusión, los marquesados del reino,
de Camarena la vieja y la Real, y del señorío de las Arguijuelas, a lo que daba
lugar el ser una misma parentela sus poseedores, los dos castillos de las
Arguijuelas, los dos títulos de Camarena, sobre los Marquesados de Camarena, no
cuenta un sucedido don Publio Hurtado, el que asegura que a él se la contó y en
más de una ocasión el Marqués de Torreorgaz:
“hasta el año de 1776 no existía más
que el de Camarena la Vieja, titulo heredado por la familia Ovando de sus
parientes por cognición, (que designa el parentesco por línea de consanguinidad
por la línea femenina de los descendientes del mismo tronco común), de los
Castrejones de Agreda, que poseía Francisco Antonio de Ovando Rol, Capitan
General de Castilla la Vieja, dignatario del monarca Carlos III, ocurrió que
que, había entablado pleito contra él, reclamándole título y mayorazgo, un
primo suyo, y a quien los tribunales opinaron con mejor derecho a poseerlos, y
se los adjudicaron, y cierto día al visitar el general a su amigo el monarca,
este le dijo en tono familiar:
-
Hola Camarena.
-
Señor, ya no puedo responder por ese título.
-
Como es eso.
-
Porque el perdido el pleito, y es a mi primo a quien corresponde ya el
marquesado.
-
Pues para mí, seguirás siendo
Camarena, si los tribunales te han prohibido titularse Camarena la Vieja, yo te
nombro Camarena la Real, y podrás seguir siendo Marques”.
Y así fue como nació
el título de Camarena la Real, título que, andando el tiempo, entró en la casa
del marquesado de Torreorgaz, el de Camarena la Vieja, paso a la familia Arces,
por casamiento de doña María Josefa de Ovando, con el que llego a Teniente
General don Antonio Vicente Arce, de cuyo biznieto García de Arce y aponte, lo
heredó la familia Carvajal.
Lo señores de las
Arguijuelas (Erguijuelas se ha dicho de toda la vida) al haber dos castillos,
eran también dos, y que, en el siglo XX, era poseedor de uno de ellos la
Marquesa de Camarena la Vieja, doña Adela Carvajal y López Montenegro. Pasando
el otro a propiedad de Castroserra, pasando de este a su hija la Vizcondesa de
Roda, como herederos ambos de García de Arce y Aponte, que los poseyó en vida,
con los títulos dichos además del marquesado de Torreorgaz y el Condado de los
Cobos.
A una de las damas
de esta familia ilustre, le ocurrió cierto sucedido, que algunos tuvieron por
ocasional y los más por fatalista, y todo por virtud de una promesa, y la dicha
promesa fue:
“Existe o existía en
la Casa del Sol de la Villa cacerense, morada de los marqueses de Ovando a la
sazón, y hoy en propiedad de los Hermanos de a Preciosa Sangre, dos antiguos
retratos pintados al óleo, en uno de ellos una niña en mantillas, adornada con
cintas y encajes, en el otro una mujer, aparentando poco más de treinta años de
edad, con habito de monja dominica recoleta, los dos cuadros representan a
la misma persona, en doña María Manuela
de Ovando y Ribadeneyra, hija del primer marques de Ovando, nacida en Filipinas
en el año de 1753 siendo su padre gobernador del archipiélago, siendo objeto de
cariño y veneración de toda la familia y que cuyo recuerdo perpetuaron en ambos
retratos.
El encanto y las
delicias de su padre fue esta criaturita, que casado con mujer joven, ya en
edad de madurez, encontraba en la angelical placidez de la niña, la alegría y
felicidad necesaria para contrarrestar los múltiples cuidados de los asuntos
gubernamentales, todo era felicidad y bienestar , hasta que, cierto día la niña enfermó, y fue de tanta
gravedad que los doctores que al punto dieron en llamar, resultaron impotentes
contra tanta dolencia, anunciaron a los entristecidos padres, que solo un
milagro del altísimo, podría salvar a su hija.
El padre, don
Francisco de Ovando, desolado por el presagio, juntamente con su afligida
mujer, solicitaron la ayuda divina para el restablecimiento en la enfermedad de
su pequeña hijita, bajo la promesa de que, si curaba, abandonaría el siglo
entrando en un convento, contando con que la niña, y cunado tuviese edad y
entendimiento suficiente, diera el visto bueno al cumplimiento de tan rotundo
voto.
Y ocurrió que, ya
fuera por intervención del altísimo, por el buen hacer de los galenos, o por la
naturaleza de la criatura, la niña se salvó, y toda la angustia se convirtió en
jubilo, y volvió la alegría al solar de los Ovando, siendo de importancia los
festejos que se celebraron en honor al que fuera benigno con sus plegarias. Y
ya pasando de niña a mujer, resultó un modelo de encantos, a la que la
perfección física se le sumaba el ingenio, la inteligencia, la caridad y las
habilidades que por aquellos años practicaban las mujeres, haciendo una vida de
comodidades y prestigio, y riquezas tantos como su apellido conllevaba.
Así las cosas, la
damita vivía feliz y un número elevado de galanes, que la aturdían sin cesar,
piropeándola y dejando sus promesas de amor y felicidad, y escogió pretendiente
que mejor se adaptaba a sus ilusiones de casamiento, y ya con el beneplácito de
la familia se dispuso el bodorrio, evento que al irse acercando con más
lentitud de lo que consentía su impaciencia, daba en pensar en cómo sería su
provenir, lleno de parabienes, vibrando en todo su ser con latidos de una total
felicidad.
Todo dispuesto, se
fijo fecha para la boda, se prepararon galas, se confeccionaron vestidos
adecuados para tan gran ocasión, pero a unas dos semanas del día señalado, el
novio cayo en cama, enfermo de cierta gravedad y al poco falleció.
Pasarón días,
semanas meses de duelo y viudez sin haber contraído matrimonio, más, el tiempo
poco a poco todo va llevando al rincón del olvido, cerrando cicatrices de
tristeza y penas.
Y terminado el
tiempo adecuado de duelo, nuevos
pretendientes llegaron a la puerta de la muchacha, tratando de ocupar el puesto vacante dejado por el
malogrado amante, y eligió por segunda vez, a cierto muchacho de la
aristocracia local, que no tenía que envidiar el lustre de su apellido al
primero de los elegidos.
Y como no, de vuelta
a los preparativos de boda, y resurgieron las esperanzas de felicidad,
encendiendo de nuevo el fuego del amor. Se publicaron las proclamas nupciales,
se dispensaron las amonestaciones, se dispuso el ambigú y festejos varios, y el
velo de desposado cubrió el bello rostro de la joven marquesa.
Ya, junto a su
madre, sus parientes, amigos, aguardaba la llegada del futuro marido, más a la
hora fijada, se empezó a escuchar el rumor de gente que apresurada llegaba,
después ruidos en las escaleras, ¡el novio y acompañamiento, pensó la joven!,
pero en el salón de la casa donde la novia y sus deudos aguardaban, solo
apareció un criado de los de la casa, que, con el semblante demudado, fue el
heraldo de las malas nuevas, las malas más inesperadas por toda la
concurrencia.
El novio, que como
herido por un rayo, acababa de morir repentinamente al subir por la escalera.
La consternación que
produjo fue indescriptible, y tal casualidad constituyo por muchos días la
comilla de cotillas, lenguarones, y desocupados varios de entre los del
vecindario, de la Puebla de los Ángeles, (Filipinas) población de residencia de
ambos contrayentes.
Traicionada de nuevo
por el destino, la sentida joven en sus máximas ilusiones, se replegó al dolor,
cerro su alma al amor, y de dedicó a llorar sus penas por los rincones de su
casa, por la pérdida de la felicidad soñada.
Pero en la vida de la desdichada joven,
Intervinieron las circunstancias, las que creo un infortunado suceso, y es que
fallecido don Francisco de Ovando, la viuda del Marques habia vuelto a casarse,
con un desdichado marques de Salinas, mujeriego, derrochador y desconsiderado,
este calavera marque, tras haber dado a fin con su patrimonio, dilapidó el muy cuantioso caudal que el Marques de
Ovando, había dejado a sus hijos, y no dio fin al mayorazgo que este fundó, por
no estar en el dote al alcanza de sus despilfarradoras manos, disgusto,
bochorno, malos tratos, caían sobre su madre y sobre ella, cayendo con más
frecuencia y cantidad sobre ella, que sobre la madre, tanto que día tras día,
la pusieron al borde de la desesperación.
En esto, solía ir de
cuando en vez a Puebla, un Oidor de la Audiencia de Méjico, por nombre
Licenciado Becerra, que siendo conocedor de las prendas que adornaban la ya
casi madura joven doña María Manuela de Ovando, había cumplidos los treinta y
dos años, le solicito en matrimonio, y María Manuela lo acepto, sin amor, ya
que, amor no podía inspirarle el maduro
togado, pero lo acepto por salir del infierno que vivía en casa de su padrastro, otorgo la
joven su mano, y marcho como si a un sacrificio lo hiciera, pero ciertamente
menor que el que a diario consumaba el horrible marques de Salinas.
¿Pero quedó ya libre
de aquel despreciado padrastro? Pues ni muchos menos, sucedió que al poco,
murió también el Oidor, ¡qué horror! Pobre muchacha.
Ocurrió entonces
que, una dueña de las de mayor edad que estuvieron de siempre al servicio de la
familia, pensando en tato revés que sufría su amita, recordó la promesa de sus
padres hecha a los pocos meses del nacimiento de la desgraciada marquesita, y de
la que ella había oído hablar alguna vez en su infancia y dada en el olvido, ,
y estimando que sus desdichas fueran castigo divino por haber dejado de cumplir
el voto que hicieran sus padres, abandonando el siglo, profeso en el convento
de las Dominicas Recoletas de Santa Rosa, en la Puebla de los Ángeles, donde
puso fin a sus penas y donde falleció al cabo de muchos, muchos año.
(fuente
Publio Hurtado-Ayuntamiento y Familias)
(Linajes cacerenses)
Agustín
Díaz Fernández

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