GARCIA HOLGUIN O GOLFIN

                                  HERNAN CORTES

                                     CUAUHTÉMOC

                                            CCXL

                                        Cáceres

Año de 1519-1521

 

Conquistador cacerense

Crónica desde la calle Cuba de mi Llopis Ivorra.

Conquistador español del siglo XVI del que se desconocen su fecha de nacimiento y muerte. Fue conquistador de México, y mandó el bergantín que capturó a Cuauhtémoc, Nació en Cáceres, y, muy probablemente, era familiar de Diego de Holguín. Estuvo en Cuba y fue alcalde ordinario de Bayamo. Estuvo en la conquista de México junto a Cortés, destacando durante el sitio de Tenochtitlán, aunque pasó a la historia por ser él quien, junto a Sandoval, capturó al príncipe azteca Cuauhtémoc, último emperador azteca, cuando este huía del cerco a Tenochtitlan, en 1521. Diez años después fue alcalde ordinario de México, la ciudad levantada sobre las ruinas de Tenochtitlán.

“Aunque también figura su nacimiento en 1490 en Cabeza del Buey”

Este noble Capitán fue de los que compartieron con Hernán Cortes, los trabajos de conquista del imperio Mejicano. Se supone a García Holguín nacido alrededor del año de 1490 en Cáceres, desconociéndose otros datos de su origen y niñez. Para ese tiempo Extremadura se destacaba desde el siglo XIV por ser un territorio donde se desplegaba un poderoso movimiento de señorialización feudal que repartía su territorio entre la nobleza castellana y portuguesa, Pero lugares como Cáceres y Trujillo, aunque nominalmente enajenados a nobles, se destacaban por ser pilares de la resistencia popular a la expansión señorial. En la vida espiritual extremeña las experiencias de la reconquista, En ese ambiente nació García Holguín. Es probable que este García Holguín que nos ocupa estuviera directamente emparentado con la famosa familia de los Holguines o Golfines cacereños, linaje nacido en el siglo XIII, primero vinculado al tradicional pillaje feudal, luego reconocida nobiliariamente, y origen de los dos importantes palacios – fortalezas de los Golfines de Arriba y de Abajo, tal vez perteneciera a los Golfines de Arriba, rama familiar nacida alrededor de 1450 y donde parece fuera popular el nombre García Holguín. Se estima su arribo a La Española a principios de abril de 1502, en la flota de 30 navíos capitaneada por Fray Nicolás de Ovando, nuevo Gobernador General de las Indias, sustituto de don Francisco Bobadilla. García Holguín tenía entonces unos once años y probablemente viajó acompañado por otros familiares, dentro de la masa de los nuevos 1200 colonizadores recién llegados. Muchos de aquellos colonizadores eran extremeños.

 

“Abordó el bergantín y saltando en la piragua García de Holguín y algunos españoles, adelantóse a ellos Guatimozin, que conociendo al capitán en el semblante le dijo:

 Yo soy tu prisionero, y quiero ir donde me puedas llevar, solo te pido que atiendas al decoro de la emperatriz Copito de Nieve  y de sus criadas; Pasaron luego al bergantín y dio la mano a su mujer para que subiese a él y reconociendo a García de Holguín el cuidadoso trato que daba a las otras piraguas, añadió: No tienes que discurrir en esa gente de mi sequito, porque todos se vendrán a morir donde muriere su príncipe; A su señal dejaron caer las armas y siguieron al bergantín como prisioneros de obligación”.

Cuando cumplía su trabajo en el lago de Texcoco, vio una canoa que huía de la ciudad llevando al parecer gente importante a bordo, a juzgar por sus vestiduras. Holguín mandó abordarla y alertó a los ballesteros que iban en la proa, pero cuando éstos se disponían a disparar sus armas, los de la canoa les hicieron señales rogándoles que no lo hicieran, ya que iban en ella gentes muy importantes. La canoa fue capturada y pasaron al bergantín varios indios notables, entre los que se encontraba “Guatimocín” o Cuauhtémoc, Señor de Tacaba, último huey tlatoani azteca. Holguín le condujo a presencia de Cortés, que contemplaba las operaciones de la toma de la ciudad desde una terraza. Cuauhtémoc le señaló con la mano el puñal que portaba, para que le diera muerte con él, pero Cortés le invitó a sentarse en su presencia y le trató con enorme respeto.

¡Fue este García Holguin soldado de Cortes en la conquista de México, por lo que cabe suponer que estuvo anteriormente en Cuba! Debió sobresalir en acciones militares tras la primera entrada en Tenochtitlan, ya que se le confió el mando de uno de los bergantines construidos para asediar la capital azteca en 1522.

Adscrito ordinariamente al cuerpo de ejército mandado por Gonzalo de Sandoval, hallándose en las batallas de Tabasco, Zempoala, contra Narváez, la calzada de Méjico, Otumba, Chalco, Huastepec y Capistlan. Pero el hecho de armas en que más se distinguió, y que más óptimos resultados dio en aquella magna empresa, fue en la batalla naval librada en la gran laguna de Méjico que el cronista Solos describe:

Pero al mismo tiempo que duraba el fervor de la batalla, reparó Gonzalo de Sandoval en que iban escapando a fuerza de remos seis o siete piraguas, y ordenó al capitán García de Holguín, que partiese a darles caza con el bergantín de su cargo y procurase rendirlas con la menor ofensa posible.

Existe un documento posterior, elaborado por Diego de Ávila en 1521, donde se informa que Diego Velásquez, al considerar los posibles candidatos para encabezar la expedición a México valoró, además de Cortés y otros, a García Holguín. Dato que aporta luz sobre la capacidad, valor y confianza que se valoraban en este joven. Algunos meses más tarde, tratando de recuperar su dominio de la empresa mexicana el Adelantado organiza, bajo el mando de Pánfilo de Narváez, una importante fuerza militar integrada por 80 jinetes, 800 hombres a pie y 12 cañones. Uno de los soldados de aquella banda guerrera es García Holguín. Enterado Cortés de la expedición adopta las medidas pertinentes y derrota a Narváez en Cempoala el 29 de mayo de 1520. Los derrotados pueden escoger regresar a Cuba a sumarse a la nueva empresa. García Holguín escogió quedarse.

partió con Diego de Alvarado a la conquista de Guatemala. Sometida esta, el general envidioso de la suerte de Pizarro en el Perú, envió a Holguín a aquellos países a que tomara lenguas de su decantada riqueza, y como volviese confirmando las voces de la fama, Alvarado aparejo una numerosa flota y desembarcando en las costas peruanas llego hasta Quito.

Pero tuvieron gran decepción, sus tropas solo cosecharon miseria y quebranto, con tan terrible desengaño decidió hacer dinero, entabló negociaciones con Pizarro, ajusto su retirada en una suma respetable, y hasta le vendió su escuadra, fondeada en el puerto Viejo, que siendo García de Holguín el encargado de hacer entrega de ella a Diego de Mota, capitán de Almagro, a García de Holguín a quién agradó poco esta conducta se quedó en el Perú y se asentó en la ciudad vieja de Trujillo.

 Cuauhtémoc y Hernán Cortés

“Al fin se cumplirá mi destino. Ejecutado a manos del enemigo que me venció en Tenochtitlán, aquel que nosotros conocemos como Malinche y sus compatriotas llaman Hernán Cortés. Hace cuatro años se negó a darme muerte con el puñal que guardaba en su cintura como le pedí al ser llevado ante él como prisionero.

Pero todo este tiempo le servía mejor vivo que muerto, ya fuera por mantener las apariencias delante de mi pueblo o por la creencia que a través mío encontrarían todo el oro que habían imaginado que escondía.”

Estos años los he sobrevivido penosamente a sus torturas y a las enfermedades que nos han traído los extranjeros de su mundo. Una de ellas, la que ellos nombran como viruela, es mucho más mortífera que cualquier guerra que hayamos conocido antes.

La suerte de los mexicas quedó sellada cuando mi primo Moctezuma abrió la puerta de nuestro imperio a los codiciosos y salvajes extranjeros el mes de Tepeíhuitl del año Ce Ácatl (noviembre de 1519). Entraron al corazón de Tenochtitlán acompañados de un ejército de aliados de estas tierras cercanas.

Ese día, yo y miles de compatriotas contemplábamos fascinados a unos visitantes realmente extraños, vestidos con ropas de hierro, que portaban armas que escupían fuego y a los que acompañaban unas extrañas criaturas que ellos llaman caballos. Estos animales de la tierra lejana de la que provienen, en aquel momento me parecieron monstruos, incluso llegamos a creer que esas bestias eran una extensión de su cuerpo.

De la misma manera, las caras de los extranjeros reflejaban sorpresa ante la majestuosidad de Tenochtitlán. Caminaban por amplias avenidas que se elevaban por encima de la gran laguna, desde la que miles de personas observaban su avance a bordo de canoas, admirando los grandes templos y palacios que encontraban a su paso.

Pero tras las buenas palabras de bienvenida y agradecimiento que intercambiaron con el huey tlatoani Moctezuma, pronto revelaron sus verdaderas intenciones. Prendieron al gran gobernante azteca y lo convirtieron en su rehén. Comenzaron a exigir que se les entregara cada vez más oro, que aceptáramos ser vasallos de su rey y que nos convirtiéramos a su religión. Esos salvajes, que desollaban sin titubear a su enemigo en el campo de batalla, se escandalizaban por los rituales en los que nuestros prisioneros eran ofrecidos como alimento a los dioses en el Templo Mayor.

El descontento iba en aumento, pero todo estalló la noche en que, sin ningún motivo, provocaron una gran matanza de pipiltin (nobles) en el Templo Mayor mientras se celebraban los bailes y danzas en honor a los dioses Tezcatlipoca y Huitzilopochtli. Salieron de su residencia armados, rebanaron la cabeza a unos y atravesaron a otros con sus espadas. La gente corría despavorida, enredándose con sus propias entrañas. Fue un acto abominable que provocó la ira del pueblo de Tenochtitlán y la encarnizada lucha para expulsar a los invasores. Las batallas y las emboscadas se sucedían por las calles de la ciudad, hasta que, en uno de nuestros ataques, cientos de guerreros ocuparon el templo y confinaron a los invasores en el palacio de Axayácatl.

Asediados y apedreados continuamente por la multitud, sacaron a Moctezuma para intentar calmar los ánimos, pero el tlatoani ya era visto como un traidor. Un bellaco manipulado por los invasores, pues a ellos se había entregado. Por ello, sus propios súbditos dirigieron a él las pedradas destinadas a los extranjeros hasta matarlo.

Poco después llegó el día que el ejército de Cortés ha bautizado como la Noche Triste (30 de junio de 1520), pero que para nosotros fue la noche más gloriosa. La última noche de gloria del imperio mexica. Bajo una fina lluvia, un millar de extranjeros emprendió su huida arrastrando carros y baúles llenos de provisiones, armas y oro. Mucho más oro del que podían transportar.

Los tambores tañeron desde lo alto del templo al descubrirse la evasión de nuestros enemigos y nuestros guerreros se lanzaron sobre ellos. Las canoas, que un año antes escoltaban la entrada triunfal del ejército de Cortés a la ciudad, lo rodeaban para impedir su salida. Muchos extranjeros fueron muertos de pedradas en la nuca, suerte reservada a los criminales. Otros se ahogaron en la laguna, víctimas del excesivo peso del oro que transportaban y que no quisieron dejar atrás aun a costa de su vida. La matanza fue muy grande, los enemigos capturados fueron sacrificados en el templo mayor y sus cabezas exhibidas en el gran Tzompantli.

Como nuevo tlatoani, dispuse la que se reconstruyera la ciudad y se preparara para defenderla del regreso de Cortés y su ejército de humillados capitanes. Sedientos de venganza y ansiosos por recuperar el oro que habían dejado atrás, regresaron a Tenochtitlán y sufrimos el asedio de miles de hombres, tanto extranjeros como de las ciudades a las que nosotros habíamos sometido. La furia de nuestros enemigos se desató sobre nuestra gran ciudad con toda su dureza: los templos ardían y los cadáveres se amontonaban en las calles.

Retirados a Tlatelcoco, sin agua ni alimentos, la situación era desesperada para nosotros. Pero la rendición no fue nunca una opción. Capturado mientras intentaba huir para reorganizar la resistencia, no pude hacer más en defensa de mi reino y de mis vasallos. Los días siguientes fueron terribles, tlaxcaltecas y texcocanos (enemigos acérrimos nuestros y aliados, por tanto, de los extranjeros) mataban indiscriminadamente a todos los mexicas que encontraban. La muerte se extendía por todas partes, el hedor era terrible.

Hernán Cortés se negó a darme muerte y, prometió que, a cambio de un tributo, nos dejaría continuar con nuestra vida y reconstruir la ciudad de Tenochtitlán, de la que no quedaba piedra por quemar y destruir. Pero otra vez, su palabra no valía nada y no tardamos en comprender que sus verdaderas intenciones eran otras.

Comenzó una frenética y obsesiva búsqueda de oro. Interrogaban y amenazaban a cualquiera para que revelara el paradero del gran tesoro que ellos pensaban encontrar. Acusaban a las mujeres de ocultar oro entre sus pechos o bajo sus faldas, arrancaban los colgantes que llevábamos en los labios o las orejas.

El invasor me sustituyó al frente de los mexicas por familiares míos que manejaba a su antojo y a mí me mantuvo prisionero en Coyoacán. Diversas veces me interrogó para conocer el paradero de todo el oro que ellos decían haber perdido en su Noche Triste.

Cegado por la codicia, Cortés decidió someterme a una terrible tortura para arrancarme la confesión. Fui atado a un poste mientras metían mis pies en aceite hirviendo. El resultado de sus pesquisas y de sus requisas de joyas nunca terminaron de satisfacerles, pues todo el oro que hallaban siempre les parecía poco.

Son gente cruel, sin raciocinio, que lo único que saben hacer es luchar y matar. Si están ociosos, se matarán entre ellos para obtener el mando que Cortés ha dejado vacante. Cuando regrese a Tenochtitlán, si es que logra regresar con vida, el malnacido de Cortés tendrá difícil recuperar el poder, porque ya no es el guerrero joven de antaño. El ágil combatiente se ha convertido en un viejo y apático señor más amante del lujo que de la guerra. Un paranoico que se ve rodeado de enemigos, reales e imaginarios.

Incluso sus compatriotas le han advertido de lo injusto de su decisión de colgarme aquí. Pero no ha atendido a razones y a mí ya no me importa… Veo que la soga está preparada… Yo también lo estoy para, finalmente, servir de alimento al dios Huitzilopochtli, que necesita del sacrificio de los vencidos para seguir iluminando la Tierra.

(Fuentes National Geographic)

(fuentes Biografias)

(Fuentes Publio Hurtado-Indianos)

 


Agustín Díaz Fernández

 

 

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