CURIOSIDADES DE LA VILLA CACERENSE
CCXLVIII
Cáceres
Ferias y
Mercados.
Crónica
desde la calle Cuba de mi Llopis Ivorra
La
prontitud y comodidad, facilidad para
hacer pedidos, la instantánea relación de productores y consumidores, que
pueden en un momento dado, informarse del punto donde poder surtirse de los
productos, ya que la carencia de estos, hacia indispensable conocer previamente
los puntos y las fechas donde podían ponerse en contacto, vendedores y
compradores para realizar sus negocios, era pues preciso conocer de antemano la
ubicación de los mercados, ya que eran tiempos que se arriesgaba la vida por
los caminos desamparados, sin cobijos ni ventas.
Por eso
Cáceres, que desde siempre fue poblacion socorrida para los viajeros, por su
importancia y su posición geográfica, disfruto de ello, ya que tuvo su feria.
La
primera concesión, la hizo el monarca leones Alfonso IX, su conquistador, en el
Fuero que otorgó a la villa cacerense, donde se lle:
“Mando
tambien y concedo al Concejo de Cáceres, que tenga, ferias los últimos quince
días de abril y los quince días primeros del de mayo, durante los cuales puedan
acudir con toda seguridad a esta feria, todos cuantos tuvieran hechas treguas,
tanto cristianos, como judíos o sarracenos, tantos amigos como enemigos, así
libres como esclavos, lo mismo de tierras de moros como de cristianos”.
La misma
concesión, le hizo el Rey Sabio, don Alfonso X, en el fuero viejo de las
cabalgadas, pero más franca. Con más orden, con más previsión, protegiendo a
los feriantes por medios de rondas presididas por los alcaldes del Concejo, los
jurados, los sexmeros, los mayordomos, y demás oficiales de justicia,
estableciendo penas para los delincuentes.
El
consistorio, de acuerdo con el sentimiento vecinal, y viendo las consecuencias
de la larga duración, estimó que treinta
días de rodeo eran mucha feria, decayendo el ánimo de vecinos y feriantes, dado
que la intensidad de los negocios decaía, por ello acudieron al Rey don
Alfonso, pidiéndole que dividiese en dos el mes ferial y, efectivamente, por
carta da en Burgos el 8 de julio de 1276, accediendo a su división, fijando las
fechas de la primera feria en los ocho últimos días de abril y los ocho primeros
de mayo, y desde el día de San Andrés al 14 de diciembre, la segunda feria.
No parece
que se alterase este orden, durante varios siglos, pero llegaban épocas de años
de escasez, en el que el vecindario cacerense, no podía esperar, sin que el
hambre llamara a las puertas, a que llegaran las ferias para proveerse de
municiones de boca, por este motivo el Regidor don Francisco de Andrada y
Quiñones, en la sesión de 2 de enero de 1601, según nos cuenta don Publio
Hurtado, propuso, y se acordó por los demás regidores, el establecimiento en la
villa de un mercado franco semanal, el cual se celebraría todos los lunes, y
que por otro acuerdo del Concejo, se trasladó al jueves.
Antes de
1685, se celebraba en la villa cacerense, una feria de treinta días de duración
y empezaba el 11 de junio, y que en el acta de la sesión celebrada el veinte de
diciembre , se dio cuenta de una carta de don Juan de Monjaraz, secretario del
Rey, en que participaba al municipio que el monarca, habia hecho merced a la
villa, de cinco días de franqueza, que se vendiese en la feria que, tenia lugar anualmente el 11 de junio,
de tal manera que los treinta días de ferias se elevaron a treinta y cinco.
Y llego
el año de 1862 y entre este y el siguiente, el Ayuntamiento quiso resucitar
estos eventos económicos y recreativos, anunciándolo con tiempo y ofreciendo
premios a los ejemplares de ganado que acudiesen al rodeo, premio que les
adjudicaba un jurado entendido y respetable, emplazándose en la Real dehesa de
Cáceres el Viejo, se armaron tiendas de campaña, se contrataron músicos y se
organizaron bailes, gran boato y mucha diversión, a los pocos años sobrevino la
decadencia y terminó por desaparecer como las demás.
En 1896,
se hizo otra tentativa, situándose en real en la explanada, un tanto
accidentada, que se extiende frente al convento de San Francisco, (El Rodeo)
extramuros de la villa y de duración entre los días de 28, 29 y 30 de mayo de
cada año, esta es más o menos la que conocemos hoy en día.
Pero
parecía poco este periodo feriado, y se acordó por los regidores que hubiese
otra feria, esta de ganado y en los días de 23, 24 y 25 de marzo de cada año,
la que se inauguró en 1902, que resulto un fracaso, al no haber ambiente ni
oportunidad para efectuarla, precisamente el ultimo día de esta feria, era el
primero de la consolidada e importante y acreditada feria de Torrequemada,
feria que daba vida a este pueblo. Ahí, al querer colocar esa fecha, nos
explica don Publio, quizás hubiera motivos de rivalidades políticas al querer
perjudicar a Torrequemada, ya que el cuerpo electoral de este pueblo, era afecto
a cierta política y a cierto candidato, de posiciones contrarias a los que en
aquella época imperaba en el consistorio cacerense
En 1910,
pretendió el municipio resucitar el mercado semanal de otros tiempos, que se
fijó en los lunes, ubicado por designación en la corredera de San Juan, este
trabajo resultó en vano, a las pocas semanas quedó desierto, ya no acudieron a
él, ni vendedores ni compradores.
Todos los
gastos que originaban estas empresas, funciones, preparativos, tanto civiles
como militares, religiosas y profanas, más otras servicios y atenciones que se
prestaban a cargo de la entidad municipio, se pagaban en su mayoría de las
rentas de sus Propios, que eran de cantidad y muy productivos, solo hay que
fijarse en el enorme perímetro que el monarca leones, señalo en el Fuero, cuya
totalidad le dio, salvo los predios con que premió la ayuda que varios
hijosdalgos y capitanes le habían prestado en la campaña de la reconquista,
para apreciar la riqueza del territorio del Concejo cacerense. Que se fue
mermando.
Primero
por el Rey don Alfonso, en recompensa de servicios militares, luego, sus
sucesores, ya para contentar y someter a magnates rebeldes tales como a
Golfines y Solís, unas veces vendiendo términos y señoríos, en épocas de
penurias, acaudaladas potentados, “Ovando, Ulloa, Sande, Porcallo, Mesias y
algunos más” por otra parte, los alcaldes del Concejo, que administraban el
acerbo comunal, arrimaban cuanto podían cada uno para su casa, era lo de
siempre, de ahí, aquellas contiendas que libraban con tanta frecuencia los
nobles entre sí, para ocupar los escaños del Concejo.
Tampoco
se quedaba a tras los plebeyos, tenía el Ayuntamiento, divididos sus “Propios”
en Labranzas de mayor o menor número de Yugadas, “cantidad de tierra que se
puede labrar con animales de labor en un día”, pero como habia más labranza que
labradores y terreno rayada para labrar, las que figuraba con veinte fanegas,
en realidad tenían cuarenta, ochenta y más de más, contando además con que los
arrendamientos se hacían de por vida, y solían pasar los asientos de labor de
padres a hijos y de estos a los nietos, resultado que al, cabo de dos otras
generaciones , los arrendatarios los consideraban como bienes propios, y los
permutaban y hasta los incluían en los cuadernos particionales , cuando morían
los poseedores, y así se iban adueño los depredadores de los bienes del común.
Los
pegujaleros “arrendatarios de un trozo pequeño de tierra” por su parte, seguían
otro sistema, por la linde de su predio con el baldío, se entraba en el mismo,
un par de surcos un año, al siguiente dos, y así en pocos años con invasiones
inadvertidas, las ampliaban indefinidamente.
Claro que todo esto era ilícito, y tambien estaba claro que el
Ayuntamiento debía evitarlo, pero no lo hacía, y hasta daba lugar en su dejadez
administrativa en que el canon de arredramientos se transformaran en canon o continuación
de censos, con pérdida del dominio útil de las fincas, todo merced a artimañas
e informaciones fraudulentas, si por el acaso surgía un pleito, porque al
Procurador del Común a si le diera por removerle la conciencia de dejar pasar
tantas patrañas, el demandado estaba de enhorabuena, la sentencia casi con
seguridad le seria adversa, y el concejo reivindicaría su labranza, pero, al
medir veinte yeguadas, el asiento contaba cien, las ochentas restantes para el
perdedor, y así se legitimaba la posesión e la propiedad de las ochenta que
restaban.
Las
guerras contribuyeron tambien, en gran medida, a la disminución y menoscabo de
los bienes comunales, con especial acento en los de Portugal, la llamada guerra
de sucesión y la de la independencia, contra el francés, por haber tenido que
atender a los infinitos pedidos del gobierno, y las demandas de los generales y
comisarios de los ejercitos beligerantes, hechas muchas veces, bajo amenaza de
muerte. Para satisfacer los empréstitos contraídos y las cantidades sacadas en
los almacenes donde se guardaba el grano, cabildos mayo dormías, obras pías, se
recurría a lo más fácil, es decir a la venta de dehesas y aprovechamientos de
los Propios, y dando gracias a que tuviesen compradores, y así se fue mermando
el patrimonio, entre todos lo mataron,
(Fuente
Publio Hurtado-Ayuntamiento)
(Fuente Floriano
Cumbreño-Historia)
(Fuente Orti
Belmonte-Conquistas)
Agustin
Díaz Fernández


Comentarios
Publicar un comentario