CURIOSIDADES DE LA VILLA CACERENSE
CCXLVI
Cáceres
Crónica
desde la Ronda de la Pizarra,
TOROS.
En los
dos capítulos anteriores, fueron destinados a los santos, a los que los vecinos
cacerenses prestaban su devoción, y como no podía ser de otra forma, rara era
la festividad en que se conmemoraba la subida a los altares del Santo, no se
culminara con algún festejo de toros.
La lidia
de reses bravas, fue desde siempre, el ejercicio favorito de los caballeros
hispanos, y de mucha raigambre entre el pueblo llano, y en la villa cacerense,
no solo era un festival habitual, si no impuestos por ordenanza de gran
antigüedad y por preceptos gubernativos.
El 20 de
agosto de 1383, los caballeros e hidalgos de la villa, fundaron en la iglesia
de San Mateo, Orden Militar de Caballería, denominada como Nuestra Señora del
Salor, a imitación y con estatutos parecidos a los de la banda fundada en
Burgos por el Rey Alfonso XI, y que en una de las ordenanzas se dispone:
“que se
lidien para siempre víspera de Santa Maria de septiembre, cinco toros e dende
adelante que los lidien de cada año, e que den la carne de ellos por amor de
Dios”.
En sesión
del Ayuntamiento cacerense de fecha de 16 de junio de 1675, se hizo constar
que, de tiempo inmemorial la Corporación tenía acordada fiestas de toros en las
festividades de San Jorge, El Corpus, San Juan, Santiago, y Nuestra Señora de
Agosto, y en virtud se acodo que para el siguiente día, fiesta del Santísimo
Sacramento, se corriesen seis toros, y se diese una alegría a los vecinos de la villa, entretanto
no tuviese la villa más medios para sufragar las demás fiestas, que para ello
se trajese un toreador de Trujillo o de Guadalupe, y un clarín para que hiciese
las señales de costumbre.
Como
curiosidad, hizo petición, el Regente de la Audiencia, a principios de
setiembre de 1793, al Municipio, a la que es te defirió, para que se diese tres
corridas, con cuyos productos se atendiese al ornato de la Villa, donde se
acaba de instalar el primer tribunal de Extremadura.
Y era en
efecto, la función más socorrida para allegar recursos, que caía en la ruina un
puente, pus se daba una corrida de toros para su rehabilitación con su
producto, que quedaba exhausta una hermandad, para levantar sus cargas, pues
otra corrida de toros y pase de cepillo de repuesto, que habia que hacer frente
a una epidemia y los asilos benéficos escaseaban de camas, medicinas y
alimentos, más toros y necesidades satisfechas y todos contentos, pueblo, casas
beneficiadas, caballeros, y autoridades, todos menos el toro claro.
En
principio, cuando el vecindario no rebasaba el circuito de la muralla, se
utilizaba para este festival la plaza de armas del Alcázar, en la actual Plaza
de las Veletas, el convento de San Pablo no existía aun, pasado el tiempo el
campo de lidia fue trasladado a la Plaza Mayor, a la parte superior de la
misma, limitada por la Pasera, (se llamaba a si, a unas senda formada por losas
de granito, que desde las escalerillas de la Puerta Nueva, hoy Arco de la
Estrella, conducía hasta la calle
empedrada, actual calle del General Ezponda, el perímetro así acotado,
resultaba un cuadrado de forma un tanto irregular, por la parte oeste, aunque
las casas que ocupaban el sitio que ocupa hoy el Ayuntamiento, no avanzaban ni
aun en la puerta principal de este, el terreno que hoy ocupan los portales, y
escalinatas quedaban libres ¡ara la lidia), sobre este perímetro se construían
tablados y talanqueras, así como delante de los portales de la parte noroeste, de
la plaza, donde se acomodaba el pueblo y algunas que otra persona, que aunque
de buena posición, no tenían derechos de alegrías, en las casas del contorno, (
este derecho, consistía en ocupar las ventanas y balcones, que daban a la
plaza, para presenciar desde ellos las funciones o acontecimientos que en ella
tuviesen lugar).
Los
toriles se construían, ya en la parte del
Adarve comprendido entre la Puerta Nueva y la casa de los
Toledo-Moctezuma, a espaldas del palacio episcopal, hoy se conoce como Adarve
del Obispo Álvarez de Castro, ya en la retorcida callejuela que partiendo del
ángulo Este, hoy calle del Arco de España, que conduce al Arco del socorro que
llamaban de la Lala, apodo de una meretriz famosa , que tenía en ella su
lenocinio, y que el pueblo siempre dispuesto, llamaba así a esta calle.
En
aquella época, no se cuidaban ni se dedicaban ganaderías de reses
exclusivamente para restos festejos, los toros que se lidiaban eran elegidos
entre unas y otras, donde se encontraban y en prevención de las muchas capeas
que al cabo de año el Concejo tenía que
disponer, cuando arrendaban sus propios campestres, imponía a los
arrendatarios de ellos, la obligación de
regalar a la Corporación uno, dos o tres toros cada uno, según se presentase el
año y las ganancias que se les calculaban.
En cuanto
a los toreros, hasta parece mentira que siendo tan persistente la afición, no
saliera ninguno en la villa cacerense hasta mediados el sigo XX. Allá, mediado
el siglo XVI, y según los padrones de la Villa, don Publio Hurtado, encontró en
1566, y como habitante del barrio de las Piñuelas un, Francisco Diaz, Torero,
nos cuanta que este fue el único, no volvió a encontrar ninguno más. Esta
carencia de diestros taurinos, obligaba al consistorio a enviar emisarios por
la comarca cacerense en busca de ellos, incluso fuera de ella, unas veces solo
encontraban uno, otras dos, y hasta siete, pocas veces se encontraban más, con
los que se halaban se organizaba las fiestas, que con frecuencia tenia dos
partes, una por la mañana, vespertina la otra, la primera, la de por la mañana,
consistía en correrse toros embolados y atados con maromas, por las calles de
la villa, a cuyo fin se publicaba un bando previniendo a los vecinos tuvieses
las puertas de sus casas abiertas, para que sirvieran de socorro en casa de
urgencia al populacho, que era el que acosaba y sorteaba a las reses, la de por
la tarde era la verdadera Lidis de las reses.
Los
gastos eran todos a cuenta del Concejo, como único empresario del festival,
Capas, arpones, espadas, puntillas, cintas para engalanar la llave de toriles,
limpieza y allanamiento de la Plaza, manutención de los vaqueros, todo el gasto
corría a cuenta de las arcas
municipales, que siempre quedaban tras el gasto resentidas, pues la carne de
los toros, y que cuya venta podía menguar tantos gastos, se repartía en su
mayor parte, entre hospitales, asilos, conventos, y familias indigentes.
La
contratación de los toreros, en aquellos tiempos, era partida de poca
importancia, como que, en 1684, cada torero por lidiar seis toros ganó un
doblón, que aun siendo de los de dos escudos, no valía más que veintiocho
reales, y se puede hablar de que muchas corridas, en que la soldada era de 35,
40, 50 reales.
Pasado el
tiempo, salió a la plaza cacerense, el celebre matador, Juan León, este ya
contaba con cuadrilla propia, y toreo en ella los días, 23, 25 y 26 de junio de
1820, con motivo de los festejos por el restablecimiento del gobierno
constitucional, de Garrovillas, fueron traídos los toros que se lidiaron, y en
el contrato, el torero coro más de 8000 reales, en el que ajusto su trabajo y
el de su cuadrilla, recabo entera libertad para él y dos de sus banderilleros,
para poder brindar las suerte a los espectadores que tuvieran por conveniente.
No menos
lucida fueron las corridas que se lidiaron por el convenio de Vergara, en 20,
21 y 22 de octubre de 1839, los toros se adquirieron a la ganadería de don José
de Ojesto u Puerto, de Salamanca, al frente de la cuadrilla de matadores
figuraba el acreditado matador Juan Yust, que cobro por la faena de los tres
días 11000 reales, esta subida en los gastos, hizo mermar los dineros en las
arcas y en ánimos del concejo, ya que
solo con hacer la valle, habia tenido un coste de 1132 reales, y 1184 preparar los
toriles, donde iban a llegar, repitiendo el dispendio ocho o diez veces al año,
la función se hacía imposible, y el pueblo de Cáceres, se quedaría sin su
diversión favorita.
Esto
hizo, que se replantearan volver a cierto proyecto que se planeó en 1793, y
puesto otra vez en la mesa en 1813, de construir una plaza de toros, que una
vez discutido y modificado en una gran reunión de fecha de 14 de agosto de
1840, alumbró a una sociedad bastante numerosa de cacereños, que hizo realidad
a la ilusión de todos los cacerenses, al cabo de cinco años, edificando en las
Eras de los Mártires el coso taurino, que podemos ver, el más acabado y hermoso
de los de la nación de aquella época, como una copla que interpretaba el juicio
de los espadas, y que decía:
“Cuando
vino el chiclanero
Y
reconoció la plaza
Le dijo a
su compañero
Esta es
la mejor de España”
La
inauguración fue en 6, 7 , 8 de agosto de 1846, siendo los diestros para la
inaguracion, Josi Redondo (el chiclanero) Gaspar Díaz Lavi y Nicolas Varo de
sobresaliente, con toros de las ganaderías de Veragua Y Muñoz Pereiro.
(Fuentes
Publio Hurtado-Ayuntamiento)
(fuente Biografías)
(Fuente
Floriano Cumbreño-Historia)
Agustín
Díaz Fernández

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