MORISCOS
Cáceres
CCIV
Moriscos.
Crónica
desde la calle Cuba de mi Llopis Ivorra
Ya casi a
punto de abandonar el siglo XVI, concretamente corría el año de 1584 y ocurrió
un suceso que quizás influyera etnográficamente entre el vecindario de la villa
cacerense.
Y tal
suceso fue el establecimiento en Cáceres de los moriscos.
Al quedar
sofocada la rebelión de los conversos granadinos, el Rey don Felipe II, decretó
su expulsión de los lugares donde nacieron, y el confinamiento de estos en
distintas regiones de la península,
En el
reparto de que aquellos moriscos se hicieron a Cáceres y su partido, le
correspondieron 150, y cuya conducción hasta las tierras cacerenses se le
encomendó al alférez Diego de Velasco, y al que al compás de esta encomienda se
le entregó una carta del Rey para el corregidor, fechada en 1584, en la que se
le advertía de que en cada aldea no podían asentar a más de cuatro.
Recibió
el corregidor Velasco, la relación de los moriscos que tenían que llegar a la
villa, pero advirtió que el número de los presentes con la lista no se
correspondía, es más, apreció que estas listas no eran las originales, si no
que eran otras falsificadas, motivo porque se procedió a poner en claro
judicialmente tal irregularidad. El cronista no nos cuenta que sucedió, es más
nos cuenta que no ha podido averiguarlo, pero lo que consta es que de los 150
cincuenta morisco el alférez Diego de Velasco, solo presentó 78, casi la mitad
del cupo enviado, lo que si figura es que se abrió un procedimiento judicial
contra el alférez.
Más no
fue esta la primera ni única avalancha de llegada a la villa cacerense de
conversos, ya que en 1570 y vencida la rebelión granadina llegaron en número
igual o quizás superior originarios estos de Baza, Gaudix, Benamaurel, Cullar,
quienes se instalaron en la calle de Santiago, que desde entonces pasó a
llamarse calle de Moros, en consideración con la condición de sus moradores.
Estos
venidos al villa de Cáceres, se portaron tan ejemplarmente, tanto
religiosamente como en los trabajos y en la sociedad en general, que, cuando el
Rey Felipe III, decretó la expulsión de los moriscos de sus reinos, hecho
ocurrido en 1609, el Concejo en pleno, así como la vecindad cacereña,
ensartando el comportamiento ejemplar de los avecindados en la villa, y la
necesidad que había de su mano de obra, para la industria del país,
solicitó y obtuvo de la corona, que la expatriación no llegara a los moriscos
cacerenses.
Durante el siglo XVII, más concretamente durante la primera mitad, gozó Cáceres de una paz, a parte de algunos bravos ya de regreso de todo, peleones de tabernas y de espadas de alquiler, la tranquilidad gobernaba, tanto que se incrementó con satisfacción de la vecindad el número de santuarios y de centros de enseñanzas. Aparecieron en este siglo XVII, las imágenes de la Virgen de la Montaña y Jesús Nazareno, los dos iconos de la fe religiosa de los cacerenses, se construyeron los conventos de religiosas de la Purísima Concepción, San Pedro, y Santa clara, las ermitas del Vaquero, del Amparo, y la de la Virgen de la Montaña, las capillas-enfermerías de San Pedro de Alcántara y la de San Antonio de Padua, el Colegio Seminario fundado por el obispo García de Galarza, y don Francisco de Vargas y Figueroa, dejaba dispuesto en su testamento la edificación del colegio de padres Jesuitas, y hasta el Obispo de Coria, don francisco Zapata, daba cuanta a la feligresía de la existencia un mártir, que tras convertir en la fe de cristo al vecindario castrense, murió martirizado en nuestra ciudad, y fue festejado y rezado, y glorificado en todas las iglesias de la diocesis, hasta que, la crónica histórica demostró la falsedad de este mártir, y fue el Cronicón de Flavio Dextro, de donde salió tal impostura, apuntó al mártir, el cronista tampoco nos dice su nombre, se le suprimió de los rezos, y fue expulsado del santoral diocesano, pero mientras duró tal impostura ¡Que le quiten los rezado!
Virgen de la Montaña siglo XVII
Más todo no iba a ser paz, tranquilidad y rezos, ya que de pronto estallo la guerra de la Independencia portuguesa, y que se dio comienzo en 1640 y tuvo termino en 1668, y provocaron el abandono de sus deberes como monarca del Rey Felipe IV y los desaciertos políticos y graves subidas y cobros de impuestos, de su favorito el Conde Duque de Olivares.
La
provincia cacerense, en calidad de limítrofe con el pueblo sublevado de
Portugal, sufrió grandes castigos y quebrantos, principalmente en el año de
1644, cuando el Rey “poeta” mando disponer del caudal de los Pósitos, ya que
carecía de recursos para esta guerra, y ordenó a la nobleza que saliese a
campaña, como tal hicieron los nobles de la villa cacereña, y donde el
Corregidor Francisco Serrano de Tapia, estableció una fábrica de pólvora y
municiones.
Y
como el enemigo portugués en sus correrías llegaba hasta Garrovillas, por un
lado y por el otro se presentaban en la Sierra de San Pedro, la autoridad destacó
fuerte refuerzo de caballería e infantería en la casa fuerte del Gaitán,
(Sierra de San Pedro, ya desparecida en la finca del mismo nombre) y otro en
Torremocha.
Ya en
1645 volvió la villa enviar otro socorro al General Marques de Leganés, a
Badajoz, consiguiendo que este socorro que el Conde de Castello Melhor, tuviera
que levantar el sitio que había montado.
Asediaban
los portugueses Zarza la Mayor, y para liberarla de este asedio la villa
cacerense envió 600 soldados, y Cáceres también acudió al frente de sus
numerosas tropas participó en la acción librada en el puente de Olivenza, hecho
ocurrido también en el año de 1645.
El año de
1646 se pasó en persecución de las patrullas enemigas que asolaban los términos
de Aliseda, Malpartida, y aldea del Cano, y en el mes acudió en socorro de las
villas de Valencia de Alcántara y Alburquerque.
De nuevo
y ya en 1648, tuvo la villa cacerense que pertrechar haciendo gran esfuerzo, a
500 hombres que al mando de su corregidor don Rodrigo Flores, corriendo en
auxilio de la villa de Valencia de Alcántara, que sufría grandes ataques por
parte del General don Sancho Manuel, al mando de las tropas de la provincia de
Beira, y que al ver acercarse el socorro cacereño, levantó el sitio y se retiró
a tierras lusitanas, más antes de partir, cortó el puente, el gran monumento
romano, y que perdura en el tiempo.
“los
conflictos bélicos que afectaron a la Villa durante las guerras con Portugal en
el siglo XVII, y acaso también a la de Sucesión a comienzos del XVIII. A estos
acontecimientos ya se hizo mención al hablar de la sierra de San Pedro como vía
de acceso de las correrías portuguesas, pero no reflejan las situaciones de
tensión y miedo a la invasión o a las razias que le tocó vivir a la población
ante la temida irrupción. Los libros de acuerdos municipales se muestran más
sensibles a los acontecimientos y constantemente informan de las continuas
demandas de socorros que hacen las plazas limítrofes con Portugal y de las
peticiones del mando militar, solicitando tanto hombres como caballos y el
necesario avituallamiento para el mantenimiento de ambos, lo que pone de
manifiesto la continua necesidad de activar un sistema defensivo en la zona
mediante la conversión en fortificaciones las antiguas casas fuertes, como la
del Gaitán, o la presencia de puestos de vigilancia distribuidos por la Sierra
de San Pedro que alertaran a la Villa de cualquier incursión en la zona. El
temor no lo era tanto a la posible entrada de ejércitos regulares, sino de
bandas armadas descontroladas que asolaban las dehesas de la sierra. Como ya se
ha indicado, Cáceres no era una plaza fronteriza pues se hallaba a más de 60 km
de la frontera, pero sí diversas poblaciones como Alcántara y su obligado paso
por el puente que era defendida por tropas, lo mismo que hasta Alburquerque,
pero más hacia el S, la ausencia de lugares fortificados dejaba expedito el camino
a través de Villar del Rey, la Roca de la Sierra y Puebla de Obando, que no
disponían de fortificación para detener al “rebelde”, tal como se llama al
enemigo portugués en esos momentos. Por esa razón las partidas armadas podían
llegar con toda facilidad a través de la sierra y acceder a Malpartida de
Cáceres, Arroyo de la Luz y de ahí a Cáceres.
Hay
momentos en los que las preocupaciones militares desaparecen de los libros
municipales y son sustituidas por los problemas derivados de las condiciones
meteorológicas, del abastecimiento del pan, de los fuegos en los veranos y de
otras cuestiones que siempre formaron parte de las preocupaciones cotidianas.
No
obstante, esa relativa tranquilidad será momentánea, porque de nuevo el
conflicto bélico regresará como tema principal de las reuniones consistoriales”.
(Licenciado Juan Rodríguez de Molina)
Sin
olvidar que esta guerra trajo grandes sufrimientos a los pobladores de villa
cacereña, fueron muchos los paisanos que cayeron en el campo de batalla, y
aunque se consiguió que las tropas portuguesas no pusieran en pie en ella,
fueron muchos los que perdieron la vida sirviendo a su Rey, Felipe IV, entre
ellos más de 40 caballeros de la nobleza.
Más no
fue cosa como para que sirviera de escarmiento, ya que a los treinta años
volvió a estallar entre los dos países, España y Portugal la contienda
armada, llamada de Guerra de Sucesión porque en ella había que dirimir
quien sucedería en el trono español al Rey don Carlos II “ el Hechizado”,
teniendo como pretendientes a don Felipe de Borbón y don Carlos de Austria, el
primero apoyado por el Rey Luis XIV de Francia, su abuelo, y el segundo por las
naciones de Austria, Inglaterra, Holanda, y Portugal, y con la nobleza española
dividida entre los dos.
Diez años
diez, duro esta contienda, y la villa cacerense sufrió grandes quebrantos y
daños, y no solo por las tropas enemigas, que también el fuego amigo hizo los
suyo, ya que los generales de las tropas amigas, se comportaron de manera tan
ignominiosa con el pueblo cacereño, que los vecinos de la villa llegaron a
preguntarse, que era más temible, si los toques de rebato del enemigo o el expolio
que sufrían a cargo de los generales de Felipe V, entre ellos:
Duque de
Berwick, los Marqueses de Bay y de Branca, el Mariscal de Tessc y sus
lugartenientes, Escobar, Amézaga, Armendáriz, Lanzos, Leyva y Moscoso.
Pero
quizás, el año de más desasosiego de esta guerra fue el de 1706, al mando de
las tropas portuguesas encargadas de las operaciones en la región cacerense, el
Marques de las Minas, militar este que gozaba de mucho y gran prestigio, y que
tenía el propósito de hacer jurar por Rey de España al Archiduque de Austria,
y cruzando la frontera tomo por sorpresa San Vicente de Alcántara, Mémbrio
y la Aliseda, montando sitio en Brozas, villa que también tomó, y donde con
mortífero y fiero fuego de mortero batió a las tropas con victoria del Duque de
Berwick muy cerca del Arroyo del Puerco, en 9 de abril de este año de 1706,
monto cerco en Alcántara villa que también tomó, haciendo gran número de
prisioneros, y un enorme botín de armamento, cañones municiones y vituallas, a
continuación destacó una brigada de hombres contra Cáceres y Trujillo,
con el fin de someter a los pueblos de la izquierda del tajo, a la obediencia
del Archiduque. Por su parte el Marques de las Minas, paso hacia Coria,
Galisteo y Plasencia, ciudades que también tomó e hizo que sus Concejos,
repitieran la ceremonia de sumisión.
(Fuentes
Floriano Cumbreño-Historia de Cáceres)
(Fuente
Publio Hurtado-Castillos)
(Fuentes
Migue Muñoz de San Pedro)
(Fuentes
Simón Benito Boxoyo)
Agustín Díaz Fernández


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