Pan de centeno y un litro de café tostado
Adrián
Rey Díaz
Don
Mariano Esquivel tiene ochenta y seis años, cabello escaso y las sienes
plateadas; sus orejas, visiblemente despegadas de la cabeza, sostienen unos
viejos anteojos de pasta gastada y pintura escamada. Hace ya dos años de la
muerte de su esposa doña Luisa, hija de don Francisco Sarmiento y Macarena
Holguín, naturales de El Batán de Guijo de Galisteo; doña Luisa era una mujer
alegre de anchos hombros, mejillas rosadas y nariz especialmente carnosa. Todas
las mañanas con la aparición de los primeros rayos de luz, preparaba un
delicioso pan de centeno y un litro de café tostado cuyo aroma hacía despertar
a don Mariano incluso en los días más fríos de invierno.
—No
existe mejor sendero que el camino hasta tu puchero, amada Luisa—decía don
Mariano con una sonrisa pícara dibujada en los labios.
—No me
seas zalamero, Mariano ¡ya será menos! — respondía divertida y vital doña
Luisa.
La
mala fortuna —si es que se le puede culpar de algo al azar— quiso arrebatarle
la vida al único hijo de la pareja; varón de nueve años de cabello dorado y
miel en los ojos. Una mañana de abril, jugueteando en la presa del pantano, fue
arrastrado por la corriente y nunca más se volvió a saber más del pequeño
Tomás. Al menos eso es lo que cuentan algunos lugareños de la zona que más que
preocupados parecían mezuquear el estravíu. Lo cierto es que nadie vio a Tomás
aquel día ni jamás hallaron el cuerpo del pequeño. La muerte de Tomás dejó un
profundo vacío en la casa y una honda tristeza que abrigaba cada maldito día
desde aquel fatídico suceso. No obstante, pese a la dureza del infortunio, don
Mariano y doña Luisa aprendieron a ser felices juntos. Los primeros cerezos en
flor, las gargantas vomitando lágrimas dulces, los pucheros de café tostado y
el pan de centeno: junto al fuego. Junto al miedo.
Don
Mariano, al que nunca le faltó la inteligencia, sabía que el puchero se apagaba
y desde entonces vive pegado a un mendrugo de pan añurgado en la garganta,
esperando —y deseando— yacer bajo las mismas tierras que encorvado le jalaban.
—No
existe mejor sendero que el camino hasta tu puchero, amada Luisa—decía don
Mariano con una sonrisa pícara dibujada en los labios.
—No me
seas zalamero, Mariano, ¡ya será menos! — respondía divertida y vital doña
Luisa.
Relato
ganador del II Concurso Escolar Santiago Castelo
Autor,
Adrián Rey Díaz
Primavera
2023
Alumno
de 3º de la Eso del Instituto Paideuterium de Cáceres


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